lunes, 21 de abril de 2008

Sed

No hay nada peor que manejar en las atiborradas calles de la Ciudad de México entre la 13 y 16 horas. Todo hierve. Rostros chapeados inundan las avenidas, extremidades sudorosas de peatones y conductores dejan sus huellas en la ropa, todos deambulamos en diferentes direcciones por un paisaje distorsionado por la humedad asfáltica.

Ojalá estuviera cerca el mar pensé con fuerza. Así por lo menos el calor pegajoso se aliviaría con solo escuchar el choque de las olas. Desgraciadamente el sol atonta y cada alto de semáforo presagia reflexiones inadecuadas provocadas por las altas temperaturas y lo hace transformando las ilusiones en algo vívido, casi real.

De pronto sentí un olor a mar y alcancé a escuchar una ola (recé porque no se tratara del drenaje profundo colapsándose) respiré otra vez y ya no estaba. Aguce el oído, quería que volviera a pasar; como cuando acercas un caracol a la oreja. Lo único que escuche fue el coro de escapes en la nota exacta que anuncia un siga.

Lo más cercano a la playa durante esta tarde, fue encontrar a mi marchante de agua de coco en la esquina de Gómez Farías. La sed fue mitigada, si cierro los ojos, el espejismo aun persiste.

3 comentarios:

el diablo dijo...

heyyy ud. tiene su marchante de agua de coco... no sabe como extraño ciertas conversaciones...

el diablo dijo...

jajajajajajajaja, ta re bueno!!!

y por el blogg, parece que si tiene razón, pero hay que ver más!

América Gutiérrez dijo...

No las extrañe... Hablemeeeeeeeeee
Te mando un abrazo y que chido saber que me lees de vez en vez.